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Archive for the ‘Personages’ Category

Dave Bullock / eecue

El hombre que puede haber salvado a Internet del caos cibernético total es un informático de 29 años de Seattle llamado Dan Kaminsky. En febrero, por pura casualidad, se encontró con un error en el sistema de asignación de direcciones de Internet del que todavía no quiere revelar demasiados detalles. “Es pronto”, dice. “Primero quiero que el problema se haya solucionado a gran escala y luego descubriré los detalles”.

Lo que Kaminsky descubrió es un error de dimensiones titánicas, presente en la Red desde el mismo día de su nacimiento formal en los años ochenta, que permitiría a cualquier hacker, o pirata informático, secuestrar la libreta de direcciones web, conocida como Sistema de Nombres de Dominio, y redireccionar el tráfico de Internet a sitios falsos en los que se podrían hacer con datos valiosísimos, como números de cuentas bancarias, datos privados o contraseñas personales. Cuando lo descubrió, Kaminsky, director de Penetración de Pruebas de Seguridad en la consultora IOActive, decidió colaborar con dos frentes.

“Primero me puse en contacto con los grandes proveedores de Internet y luego con el Departamento de Seguridad Interior”, explica. “La respuesta de ambas partes fue magnífica”. El 31 de marzo se reunió con representantes de los 16 grandes de Internet de EE UU en el cuartel general de Microsoft en Redmond, en el Estado de Washington. “Les expuse la situación y decidieron que no había más opción que cooperar y trabajar conjuntamente en parches de seguridad idénticos, para evitar una catástrofe”.

Este investigador avisó también al Gobierno, a través del Equipo de Emergencia y Respuesta Informática del Departamento de Seguridad Interior. Colaborando con Kaminsky, estos agentes del Gobierno de EE UU revelaron la existencia de este fallo el pasado 8 de julio, advirtiendo que “el tráfico web, el correo electrónico y otros datos importantes de la Red pueden ser redireccionados bajo el control de los atacantes”.

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Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.


Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella -la mujer rubia- y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).

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Todos los buenos amantes de la lectura conocen a José Saramago, escritor portugués que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998 y uno de los personajes públicos que mejor representan la histórica e “inevitable” unión que existe -o debería existir- entre España y Portugal. Saramago, que reside en Lanzarote desde hace 14 años, es mundialmente conocido por obras tan exitosas como La caverna, Ensayo sobre la ceguera o El Evangelio según Jesucristo. Además, le caracteriza un estilo único que, unido a los temas que trata y la forma de hacerlo, me hacen creer que es el mejor escritor de la actualidad y uno de los mejores de la historia.

Pero hoy no quiero hablar del succeso ni de sus creaciones más conocidas. Hoy me gustaría centrarme en uno de sus últimos libros, publicado en el 2002 y titulado El hombre duplicado. En él, el dramaturgo luso se centra en un asunto de crucialidad extrema en nuestros días: la identidad. La identidad individual, no la del grupo, la que nos define a cada uno de nosotros como ser humano y que, tarde o temprano, hace su aparición en este camino tortuoso que es la vida.

¿Por qué me parece un tema crucial en el mundo en que vivimos? Pues por muchos aspectos de nuestra sociedad -la globalización, el individualismo, la sociedad de consumo- que, en sus “propósitos” de establecerse en nuestras vidas y manejarnos de un modo u otro, han “intentado” eliminar esa identidad que nos caracteriza a cada uno de nosotros y nos diferencia de los demás. Siempre me he preguntado por qué, hoy en día, los seres humanos estamos tan separados los unos de los otros. Cada uno es un mundo en sí mismo, un mundo que cada día tiene que salir a fuera, solo, totalmente solo, a luchar contra los demás para conseguir ciertos objetivos artificiales. Ciertos objetivos individuales, secundarios, y que no nos queda más remedio que aceptar. Siempre me custioné eso y siempre llegué a la misma conclusión: es algo necesario para que la máquina siga funcionando.

Las revoluciones del pasado, las que intentaron cambiar el mundo cruel que se avecinaba, fracasaron. El comunismo, mayo del 68, la revolución cubana,… poco queda de ellas hoy en día. En cambio, estamos inmersos en un planeta capitalista, en el cual el dinero, producto de la ilimitada ambición humana, reina y dicta las normas. Estamos atados, distanciados los unos de los otros, llenos de odio e infectados por una globalización, que si bien une a los pueblos para lo que le conviene, los separa de forma natural. No sólo eso, sino que también es la impulsora del individualismo que sufrimos desde hace un tiempo y que es el que nos separa e impide unirnos para pelear contra lo que no queremos soportar. Es como cuando el secuestrador amordaza al rehén, atado de pies y manos, para que este no pueda preguntar: ¿qué es esto? ¿A dónde me llevas?

Ahí es donde la identidad de la que hablabamos no hace su aparición. Ahí es donde el individuo se siente perdido y solitario y se ve incapaz de hacer frente a la amenaza que le acecha. Así es como la historia continua y el sistema va tejiendo y fortaleciendo el escudo que le protege y le mantiene firme. Nosotros, mientras tanto, permanecemos callados, impasibles, sumidos en la indiferencia hacia el que tenemos al lado.

Lamentablemente, el tiempo sigue su curso y hace que las cosas sean cada vez más difíciles de cambiar. Sin embargo, hay algo que en este universo nunca evoluciona, algo que, al igual que esa ambición humana que citábamos antes, nunca varía. Y esto es algo que ha sido demostrado muchísimas veces: las grandes mentes son las únicas que pueden alterar el curso de la historia.

Pues bien, una de esas grandes mentes dijo una vez:

“Las revoluciones se producen en los callejones sin salida”.

DoKiÈh – 21.04.2008